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Borges y Conrad: Cuento vs. Novela

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Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea. cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario. Así procedió Carlyle en Sartor Resartus; así Butler en The Fair Haven; obras que tienen la imperfección de ser libros también, no menos tautológicos que los otros. —Jorge Luis Borges, Prólogo a El Jardín de Senderos que se Bifurcan Conrad y Kipling han demostrado que un cuento corto -—no demasiado corto—, lo que podríamos llamar long short story, puede contener todo lo que contiene una novela, con menos fatiga para el lector. En el caso de una de las primeras —para mí— novelas del mundo, que es el Quijote, creo que un lector podría prescindir muy bien de la primera parte y atenerse a la segunda, porque no perdería nada, ya que ahí le sería dado todo. Y Juan Ramón Jiménez dijo que él podía imaginarse un Quijote q...

Conrad: Inspiración y Conciencia

La primera virtud del novelista es la comprensión exacta de los límites trazados por la realidad de su tiempo al juego de sus invención. La inspiración proviene de la tierra, que tiene un pasado, una historia, un futuro, no del frío e inmutable cielo. Un escritor de prosa imaginativa (incluso más que cualquier otro tipo de artista) se confesa en sus obras. Su conciencia, su sentido profundo de las cosas, las que siguen leyes y las que no, forma su actitud frente al mundo. De hecho, cualquiera que apoye un lápiz sobre un papel para que lo lea gente desconocida (a menos que sea un moralista, que, por lo general, no tiene conciencia salvo aquella que se esfuerza en producir para el uso del resto) no puede hablar de nada más. Joseph Conrad, Un Recuerdo Personal, Cap. V

Conrad: La Visión Ética y Estética del Universo

La visión ética del universo nos involucra finalmente en tantas contradicciones crueles y absurdas, donde los últimos vestigios de fe, esperanza, caridad, e incluso la razón misma, parecen estar a punto de perecer, que he llegado a sospechar que el propósito de la creación no puede ser ético en absoluto. Con mucho gusto creería que su objetivo es puramente espectacular: un espectáculo para el asombro, el amor, la adoración, o el odio, si así lo prefieres, pero en esta concepción —y en esta concepción solamente— no lo es nunca para la desesperación. Esas visiones, deliciosas o amargas, son un fin moral en sí mismas. El resto es asunto nuestro —la risa, el llanto, la ternura, la indignación, la elevada tranquilidad de un corazón de hierro, la curiosidad desapegada de una mente sutil — ¡son asunto nuestro! Y la inagotable, desmemoriada atención a cada fase del universo viviente reflejada en nuestra conciencia puede ser nuestra tarea asignada en esta tierra. Una tarea en la cual el destino...